lunes, 22 de octubre de 2012
OTRA FORMA DE VIDA ES POSIBLE: EL ARTE CALLEJERO Y LA ARTESANÍA EN LA CIUDAD
Un tal Che Guevara, simple bohemio argentino afín a la lucha armada, un día fundó el sueño del socialismo latinoamericano según el cual otro mundo sería posible. Esta ideología tenía las mismas ansias del capitalismo de cambiar el mundo a la fuerza y con violencia. Ambas visiones patriarcales de transformar o implantar un modo de vida para las inmensas poblaciones urbanas no logran sacar al pueblo de las fauces del modo de vida industrial, en el que miles de obreros sirven a un mismo dueño de los medios de producción, a costa de la muerte de sus sueños y sus deseos de darle sentido a su existir.
Vive al día. Erick es artesano desde los 12 años y, a diferencia de cualquier vendedor ambulante, él crea cada uno de los productos que ofrece en su “parche”. Los collares, manillas y aretes que expone pasan por verdaderas obras artísticas, aunque luego las venda a precio regalado, ya sea porque le aprieta el hambre o por la necesidad que tiene de pagar su alojamiento.Fabiana, una estudiante de medicina que acaba de egresar, se acerca al “parche” de Erick y le confiesa sus ganas de volverse hippie. Aunque lo tiene todo en la casa de sus papis, a Fabiana le brillan los ojos de ilusión cuando piensa en esa travesura que jamás cumplirá.
Charles Chaplin aparece cada vez que el semáforo se pone en rojo. Es Edgar, un maestro del arte callejero, que de lunes a lunes interviene la cotidianidad con su pasito de pingüino, la cara pintada de blanco, el bigotito y el bastón. Su arte no se vende, le ayuda a sustentarse, por eso extiende el sombrero cuando el semáforo cambia a verde. “Increíble”, ésa fue la expresión de Ricardo Reyes, un espectador del show de Chaplin que conducía de un BMW último modelo y que se quedó estacionado un poco más de lo habitual, aunque no aportó con una sola moneda.
El arte en las calles merece respeto, dedicación y trabajo creativo en extremo. Eso dice la performance creada por el titiritero de las calaveritas. Noche a noche y con un repertorio bastante bien estudiado del género rock, el dúo de calaveritas, compuesto por un vocal-guitarrista y un batero, interpreta temas que causan sensación entre los transeúntes de la plaza principal. La directora del espectáculo de calle, otra títere, es una brujita que, aún sentada en su escoba, especta el concierto al final de una alfombra roja. El penúltimo número siempre es el sombrero, como anuncia el titiritero, autor del show, porque este arte necesita autogestionarse y es una forma alternativa de vida posible.
La gente de a pie o aquellos que van en auto, los que se dirigen al trabajo, la universidad o la escuela, son los colaboradores del arte callejero cuando destinan un aporte a estos artistas. Los guardias municipales, los guardias de seguridad privada y los dueños de locales comerciales hacen de antagonistas del arte en el escenario callejero de todos los días. Son los anti-artistas que con frases como: “Retírese”, “Tiene que levantarse” o “Está prohibido” ignoran el trabajo del artista de calle.
Quien eligió esta forma de vida muchas veces fue por tener una estética y un estómago delicados. Es decir, por su exceso de creatividad y el asco que le produce la hipocresía de la sociedad capitalista. Por tener una habilidad fuera de lo común y por las náuseas que le da pensar en tener un jefe que se apropia de cada hora de la vida de sus empleados a cambio de unos pesos. Los que eligieron la plaza, la vereda, el “parche” y la vida de tránsito, en muchas ocasiones, no fue por vivir en el vicio del alcohol y las drogas. Existen artistas de calle e indigentes que viven en la calle, valga la distinción.
Por todo lo que se enmarca en lo socialmente aceptado, se suele censurar la libertad del artista de calle, tachándolo de hippie, vagabundo o vicioso. Sin embargo, para comprender esta forma de vida es necesario tener en cuenta la conciencia avezada y el estómago delicado de estos artistas, que no se creen ni se tragan la pastillita del capital. A eso prefieren pelar sus huesos de frío, quemar sus caras frente al sol y comer con lo que les cae al día, sin posibilidades ni intenciones de acumular.
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